Aquella tarde no llovió.
El cielo se quedó ennegrecido y silencioso, como si la tormenta retenida estuviera alentando cierto rencor oculto entre las nubes que amenazaba con crecer y explotar desmesuradamente, de forma inesperada.
Fue por eso que en lugar del ansiado frescor de la lluvia nos envolvió aún más aquel atosigante calor.
La luz se volvió extrañamente morada y lánguida. Y nadie dijo nada (puede que aunque los cuerpos sintieron que se les estaba arrebatando su tormenta de la tarde, ninguna persona fuera consciente) pero todos parecían más tristes y cansados.
Fue tan sólo después, hacia la madrugada, cuando se rompió el cielo definitivamente con el crujir violento de los truenos, cuando todos supieron que se les estaba devolviendo la necesaria tormenta arrebatada por la tarde. Y después de la parafernalia eléctrica apareció la lluvia y se mantuvo firme durante varias horas cayendo sobre todas nuestras resecas vidas.
El mes de julio es así… le gusta jugar con la impaciencia.
