Amo a una serpiente.
No es un capricho pasajero. No es ua moda coyuntural y exótica, no.
Hablo de un amor absoluto que profeso desde mi más tierna infancia a un reptil que he integrado en mi vida de tal modo que la sola probabilidad de perderlo en algún momento o de tener que seguir viviendo sin él me angustia y me desquicia hasta extremos para mi descontrolados.
Alguien podría pensar en la dificultad que supone compartir tu vida con un ser que no te amará nunca. A quien opine así solo puedo objetarle que pese a dicho inconveniente hay multitud de personas que toman un camino parecido al mío y que lo hacen igualmente… amar a sabiendas de que no habrá reciprocidad nunca (aunque su “ser amado” sea más antropomorfo, tal vez, que mi serpiente).
También puede aludirse al miedo como razón de peso para desprestigiar el amor que yo siento o para, al menos, animarme a combatir esta pasión. Y puedo comprender ese argumento. Porque el miedo, ciertamente, es un factor que pesa en nuestra convivencia. Soy absolutamente consciente de que la venenosa serpiente a la que amo tiene en los genes de su naturaleza el deseo tenaz de abalanzarse sobre las venas de mi cuello o de mis brazos o de mi pecho para morderme letalmente y así depositar en mi la única esencia que sabe proyectar o administrar sobre cualquier ser vivo: su veneno mortal.
Y no logro comprender aún por qué después de tantos años junto a mi… aún no ha logrado hacerlo.
Con frecuencia la he visto amenazarme: su pequeña cabeza erguida explorando mis ojos, paralizando mi ser con su parsimoniosa danza de anillos deslizantes, el cuello ancho y firme y la bífida lengua bisbiseando y explorando los trozos de mi piel que se ofrecen a ella rebosantes de un amor sumiso y pertinaz. Es posible que el simple hecho de amarla haga que mi cuerpo expela alguna suerte de olores que puedan resultarla repugnantes. Tal vez sea eso lo que me mantiene a salvo. Y quizás sea precisamente en este amor, que no puedo evitar sentir por ella, en dónde esté la clave de que mi cuerpo sea inmune a su mordisco, o más bien… de su rechazo a mi carne.
En cualquier caso, a pesar de mi miedo (que confieso que existe). Y a pesar de que sé fehacientemente cual es su oscura y cruel naturaleza… soy incapaz de evitar este amor… esta necesidad de buscarla, de aproximarme a ella constantemente, de acariciar con ternura las ásperas escamas que la cubren, de besar impenitente su piel fría y esquiva… de sufrir con amargura su distancia cada vez que se esconde entre las grietas pétreas donde anida y donde busca, seguramente, evitar mi molesta presencia.
Cuando desaparece de mi vista me sorprendo demorando mis días hora tras hora persiguiendo su rastro. Me despierta el desvelo en mitad de la noche, con presagios oscuros de cualquier fatalidad que mi serpiente pueda estar padeciendo en la distancia. Y me mata la sola idea de no poder asistirla en sus desastres sean estos de la naturaliza que sean. Pues ya hace mucho tiempo que mi amor he ha hecho consciente de que lejos de cuestionamientos morales y de juicios éticos, yo siempre estaré de su lado. Es esta una verdad incómoda que he debido asimilar a la vez que mi amor. Puesto que mis sentimientos me condenan a ser la eterna cómplice y esclava de mi serpiente. Y la ayudaré siempre en sus propósitos con la sola condición de que tenga yo conocimiento de cualquier vía de ayuda que le pueda tender, incluso sin que ella lo pida y a pesar de ella ni siquiera lo sepa.
Pero la experiencia me dice, que después de todos estos intervalos angustiosos de desaparición mi serpiente siempre regresa y se me hace visible de algún modo... y retorna aún más fuerte, más orgullosa y cruel que nunca, como regocijada en el triunfo de haberme recordado hasta qué punto puedo ser vulnerable al dolor que sabe causarme con su sola desaparición deliberadamente periódica, programada y casi litúrgica (desaparición que sin embargo ella siempre simula como casual y ajena a cualquier intencionalidad)
Nada de esto me importa. Después de tantos años de amarla y por ello conocerla ya he descubierto que comportándose así sólo reafirma lo genuino de su naturaleza de reptil que se caracteriza precisamente por su deambulación terrera y emboscada. Siempre consciente. Siempre expectante. Eternamente embozada. Pero bien conectada desde su oscuridad. Por lo que sé muy bien que ninguna de sus conductas ni consecuencias será casual nunca en modo alguno sino fruto de elucubraciones sigilosas, concienzudas y solitarias elaboradas desde sus tenebrosas sombras.
Tengo que confesaros también, que tal y como algunos ya habréis podido imaginar… este amor tan excéntrico hacia alguien tan poco habitual, me ha abocado sin remedio a ser una persona solitaria con una escasa o casi nula vida social, lo cual es perfectamente lógico puesto que no es una relación que pueda darse a conocer a otras personas si hacerse al mismo tiempo diana de sus juicios. Lo nuestro siempre ha de permanecer en secreto. Y además sería complicado disfrutar de su compañía a la vez que la de otros amigos, relaciones, parientes, etc. Todos sabemos que se trata de una especie muy temida y estigmatizada por la mayoría de los humanos.
También a esto se podría objetar que no son pocas las personas que exhiben públicamente sus relaciones con seres “menos meritorios”, por así decir, que son igual o más desaprensivos que mi serpiente… y los integran en sus comunidades sin recibir ningún reproche… pero, como ya os comenté al principio de mi reflexión, suelen ser estos acompañantes, animales de nuestra misma especie y tal vez, por conservar un aspecto físico idéntico al humano, son confundidos con seres humanos, aunque en su naturaleza real no lo sean. O quizás posean cierta influencia, crédito o poder, sobre la comunidad que les permita que el resto prefiera ignorar su evidentes caracteres reptilianos, venenosos, hostiles y terreros.
En fin… hay otra cosa que no debo pasar por alto en estas reflexiones. Mi tendencia reptifílica puede que tenga su origen enraizado en mis ancestros. No es que haya investigado concienzudamente entre mis familiares más vetustos de modo periodístico… se trata de una convicción bastante más íntima, directa y realista. Es simplemente que entre mis recuerdos de la infancia veo con claridad como mi madre sintió predilección toda su vida por un enorme galápago que convivió desde siempre en nuestra casa.
Su caparazón era muy duro y era lo más importante para él…porque su interior era frágil, parsimonioso, tímido, silencioso y hostil. Además fue todo poderoso en casa gracias al vínculo establecido con mi madre. Cuando salía de su caparazón nosotros también le amábamos tal y como hacía mamá… cuando regresaba a él y se encerraba, todos sufríamos con ella.
