Aún recuerdo aquel día claro.
Fue una de esas extrañas ocasiones
en que la paz es tal
que uno no sabría bien distinguir
si la luz brillaba desde dentro o desde fuera.
Hoy… desde la opacidad de este invierno perverso
he decidido conjurar a la tragedia
empuñando la empecinada arma
de la memoria de lo feliz.
Que me perdonen aquellos
que han sido mutilados irreparablemente
en esta lucha oscura.
Y que por siempre nos recordemos todos
que somos los actores encargados
de lograr que puedan regresar días felices
a pesar de todos los pesares.

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